Las distintas caras de la identidad en Argentina

Photo by Paz Bernaldo — RENAPER, Mar del Plata

La versión original en inglés apareció en el Blog de Yoti Fellows en enero de 2020.

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Discutir identidad digital es difícil, particularmente aquí en Argentina. Tanto así que me he visto obligada a repensar, varias veces, la lista de entrevistadas/os y los cuestionarios de entrevista. Hasta ahora he llevado a cabo una serie de entrevistas semiestructuradas con sujetos clave: personas desempleadas y subempleadas, así como entrevistas no estructuradas con investigadoras, trabajadores de ONG, formuladoras de políticas y actores en los campos de identidad/identificación digital, tecnología, pobreza, empleo. Debo decir que incluso con ellos, hablar de identidad digital se siente curiosamente extraño. Tal vez, al contrario de lo que sucede en países donde la mayoría de las personas no tienen una identificación legal, o en países ricos como Australia y el Reino Unido, donde los ciudadanos se opusieron a la implementación de esquemas de identificación nacional, en Argentina hemos normalizado completamente los procesos de identificación. Y esto probablemente hace que resulte difícil reflexionar sobre lo que éstos realmente implican, incluidos sus efectos positivos y negativos en nuestras vidas. No sorprende entonces que vincular identidad digital con desempleo sea un área de investigación inexplorada.

Hay dos peces jóvenes nadando, y se encuentran con un pez mayor que nada hacia el lado contrario, quien asiente con la cabeza y les dice: “Buenos días, muchachos, ¿cómo está el agua?” Y los dos peces jóvenes nadan un poco, y luego uno de ellos mira al otro y dice: “¿Qué demonios es el agua?” (David Foster Wallace)

En este blog comentaré algunos de los temas que han ido apareciendo durante mi primera ronda de entrevistas.

De acuerdo con el Banco Mundial, el objetivo de atribuir un número único a cada persona de cada país, comenzó a fines del siglo XIX, ¡y en Argentina!, cuando el doctor Luis Almandos “presionó para emitir para cada ciudadano un número único basado en el análisis dactiloscópico de sus huellas digitales”. En un movimiento inspirado en parte por Almandos, Argentina implementó hace décadas un modelo de identificación basado en credenciales. En 1948 se creó el Registro Nacional de Personas (RENAPER) “con la misión de registrar y certificar la identidad de todas las personas que tienen nacionalidad argentina o que se encuentran en la jurisdicción argentina”. Pero incluso antes de eso, en Argentina hombres y mujeres ya tenían credenciales: en 1906 los hombres comenzaron a recibir una libreta de inscripción militar, y en 1947, las mujeres recibieron una libreta cívica, cuando obtuvieron el derecho al voto.

El Documento de Identidad Nacional obligatorio (o DNI, Documento Nacional de Identidad) fue adoptado en 1968 bajo la dictadura militar de Onganía, y actualmente es el único instrumento de identificación personal. En 2011, el Ministerio de Seguridad creó el Sistema Federal de Identificación Biométrica (SIBIOS), una base de datos unificada, un “servicio centralizado de identificación biométrica a nivel nacional que permite a las fuerzas del orden público” hacer referencias cruzadas de información con datos biométricos y de otro tipo inicialmente recopilados a través del registro nacional de identidad, es decir cuando las personas obtienen su DNI (PI). En 2014, RENAPER estableció que la nueva credencial o tarjeta DNI (digitalizada) sería el único documento de identificación válido.

El DNI “se ha arraigado tanto en la sociedad a lo largo de los años que los habitantes lo dan por sentado en el ejercicio de sus derechos y deberes” (The identity we can’t change, ADC). Todos en Argentina estamos familiarizados con los diferentes escenarios en los que debemos mostrar nuestro DNI: realizar transacciones con bancos, comprar boletos de viaje, ingresar a edificios públicos y privados, etc.

Cuando algo ha sido parte de toda tu vida, o durante tanto tiempo, es difícil mirarlo con ojos críticos. Reflexionar sobre la identidad y la identificación en Argentina requiere lentes críticos adicionales para adaptar las técnicas de investigación y recolectar mejores datos. Y el primer paso para esto es ir conociendo en detalle los datos (en este caso cualitativos) que vas recolectando. Aquí hay algunas cosas que descubrí gracias este ejercicio.

Un tema que surgió rápidamente cuando entrevisté a investigadores fue el papel de las redes sociales, especialmente Facebook, en la búsqueda de empleo. Las personas no sólo buscarían vacantes en Facebook, sino que envían sus datos personales sin verificar la legitimidad de los grupos o personas con quienes los comparten. “Envían su foto, dirección, todo”; “están desesperados por un trabajo”, así que “lo intentan todo”. Fenómeno que podría estar relacionado con el preocupante crecimiento del empleo informal en el país. La gente no tiene ninguna expectativa de encontrar trabajos formales. Quizás, pienso, dadas tales circunstancias, usar Facebook de una manera igual de ‘informal’ podría no sentirse incorrecto o extraño.

Otra idea que surgió fue la de “la ficción del trabajo por cuenta propia”. Los entrevistados mencionaron el impacto mínimo que los centros públicos de empleo tienden a tener para la búsqueda de empleo dependiente, en parte debido a que el enfoque favorecido por los últimos gobiernos tendió a promover el autoempleo o emprendimiento por sobre otros tipos de trabajo. Si bien existen programas públicos para apoyar a los desempleados, parecen insuficientes y la mayoría de las personas no tienen idea de que existen. Hay una carencia generalizada de información de la oferta pública de apoyo a personas desempleadas o subempleadas.

Hubo una persistente, aunque no siempre explícita, preocupación por la privacidad entre todos los entrevistados en situación de sub y desempleo. Preocupación quizás alimentada por los procesos de discriminación institucional que a menudo experimentan y sobre los que escuchan/leen. Por ejemplo, la provincia de Salta (Argentina) firmó un acuerdo con Microsoft en 2017 para utilizar inteligencia artificial para prevenir el embarazo adolescente y el abandono escolar, eligiendo a un grupo de 397 niñas vulnerables como sujetos de estudio (Web). Fue controvertido, sus críticos lo vieron como un mecanismo de control dirigido a personas en situación de vulnerabilidad que nunca dieron su consentimiento. Uno instó a “recordar que solo los usuarios de los servicios públicos son quienes están sujetos a estos sistemas”, mientras que las élites pueden recurrir a proveedores privados, mantener un mayor control sobre sus datos y preservar su privacidad (PrivacyInt). Con tu número de DNI vinculado a tu tarjeta de transporte público, dijo un entrevistado, “las empresas simplemente conocen todos tus movimientos”. Y, de hecho, a pesar de algunos avances en seguridad digital, la mayoría de nosotros, los usuarios de Internet, nos sentimos muy fácilmente identificables. Es posible que nuestra identidad real no se conozca de inmediato, pero se puede inferir con suficiente acceso a nuestros datos (como datos de geolocalización) (Policy Brief Identity).

Paz Bernaldo — Centro de Capacitación Colectivo Dignidad, Barrios de Pie, Mar del Plata

El segundo tema principal que surgió puede describirse como “asimetrías de información”.

En su blog “Identidad digital: ¿evolucionando o simplemente clonándose a sí mismo?”, Robin Wilton revisa el informe de 2017 del Banco Mundial llamado “Principios sobre identificación” , cuya premisa principal es que la participación plena en la sociedad y el logro de nuestro potencial dependen de la capacidad de identificarnos a nosotros mismos. Pero el documento, a pesar de proponer un principio para reducir las asimetrías de información, dice Wilton, no considera las “asimetrías de información reales”, aquellas que tienen lugar entre nosotros los individuos y “aquellas entidades que pueden identificarnos íntimamente (y rastrearnos, perfilarnos y monetizar) sin que haya mediado ningún tipo de autorización o inscripción confiable”. Para combatir tal asimetría, Wilton propone incluir el anonimato y el uso de seudónimos como requisitos de los sistemas de identidad digital, para que éstos evolucionen y no acaben simplemente siendo clones de los -deficientes- sistemas actuales.

Aquellos que viven en países con sistemas de identificación con décadas de antigüedad pasan por “procesos de inscripción/consetimiento confiables” (si realmente se debe confiar en ellos es otro problema). Pero en la internet-basada-en-datos de hoy, los Google, Amazon, Facebook o cualquier compañía similar están exentos de tener que garantizar tales procesos. No nos han dado credenciales confiables, pero sin embargo aún así son capaces de pintar “un retrato único y extremadamente íntimo de nuestras identidades”. Los entrevistados a menudo expresaron una sensación incómoda de falta de control sobre sus datos y mencionaron sus intentos de limitar lo que comparten en línea. ¿Podría ser que realmente no se sientan cómodos con inscripciones tan poco confiables? Pero entonces, ¿por qué, a pesar de sus preocupaciones, no es comú entre ellos el uso de han seudónimos o anonimato en línea? Si el uso del anonimato y el seudónimo para administrar nuestras identidades digitales esde hecho esencial, entonces parece quedar mucho trabajo por hacer.

Ciencia y tecnologías abiertas y libres. www.vuela.cc

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